Simplemente Nemesia
Por: Sandra Cristina
“…Nemesia, flor carbonera, que nació con los pies descalzos…
Así reza un poema en mi mente, leyenda que traspasó la vorágine del tiempo y que hoy llega más nítida que nunca.
Cuando era pequeña, Nemesia era la imagen de una niña a la que le arrebataron el sueño, a quien le agujerearon unos zapatos blancos unos mercenarios que irrumpieron en una Revolución naciente. Eso decían en la escuela, eso contaba mi abuela, quien trasnochada por mis desvelos describía la batalla de Girón como una epopeya heroica donde por primera vez los cubanos y cubanas defendían una idea, simplemente su tierra.
Hoy no sé si es la historia de Nemesia, o de sus zapatos blancos. Hoy no sé si es Girón o sus hombres y mujeres o los episodios que anteceden al valor de quienes defendieron su tierra con uñas y dientes, pero esas historia hacen estremecer mis sentidos cuando recuerdo a mi abuela contándome aquellas novelas.
Cuando crecí, y supe que era una historia real, que Nemesia aún vivía en la Ciénaga que la vio nacer, y que fueron agujereados algo más que sus zapatos, las escenas cambiaron ante mis ojos.
Nemesia se develaba tal cual es, una cienaguera, una niña que vio morir antes sus ojos a su madre y por las heridas producidas a su abuela y dos hermanos. Con apenas 13 años cuando los sueños se convirtieron en tragedia.
Ya los zapatos calados, los de la niña de ojos oscuros, tienen 63 años. Hoy Nemesia tiene dos hijos y tres nietos, y continúa viviendo en la Ciénaga que la vio crecer, que la vio llorar la pérdida de sus padres, la ciénaga que vio como agujereaban sus zapaticos blancos.
ELEGIA DE LOS
ZAPATICOS BLANCOS
Vengo de allá de la ciénaga,
del redimido pantano.
Traigo un manojo de anécdotas
profundas, que se me entraron
por el tronco de la sangre
hasta la raíz del llanto.
Oídme la historia triste
de los zapaticos blancos...
Nemesia -flor carbonera-
creció con los pies descalzos.
¡Hasta rompía las piedras
con las piedras de sus callos!
Pero siempre tuvo el sueño
de unos zapaticos blancos.
Ya los creía imposibles.
¡Los veía tan lejanos!
Como aquel lucero azul
que en el crepúsculo vago
abría su flor celeste
sobre el dolor del pantano.
Un día, llegó a la ciénaga
algo nuevo, inesperado,
algo que llevó la luz
a los viejos bosques náufragos.
Era la Revolución,
era el sol de Fidel Castro,
era el camino triunfante
sobre el infierno de fango.
Eran las cooperativas
del carbón y del pescado.
Un asombro de monedas
en las carboneras manos,
en las manos pescadoras,
en todas, todas las manos.
Alba de letras y números
Sobre el carbón despuntando.
Una mañana...¡Qué gloria!
Nemesia salió cantando.
Llevaba en sus pies el triunfo
de sus zapaticos blancos.
Era la blanca derrota
de un pretérito descalzo.
¡Qué linda estaba el domingo
Nemesia con sus zapatos!
Pero el lunes... ¡despertó
bajo cien truenos de espanto!
Sobre su casa guajira
volaban furiosos pájaros.
Eran los aviones yanquis,
eran buitres mercenarios.
Nemesia vio caer muerta
a su madre. Vio
sangrando a sus hermanitos.
Vio un huracán de disparos
agujereando los lirios
de sus zapaticos blancos.
Gritaba trágicamente:
¡Malditos los mercenarios!
¡Ay, mis hermanos! ¡Ay, madre!
¡Ay, mis zapaticos blancos!
Acaso el monstruo se dijo:
Si las madres están dando
hijos libres y valientes,
que mueran bajo el espanto
de mis bombas. ¡Quién ha visto
carboneros con zapatos!
Pero Nemesia no llora.
Sabe que los milicianos
rompieron a los traidores
que a su madre asesinaron.
Sabe que nada en el mundo
--ni yanquis ni mercenarios-
apagarán en la patria
este sol que está brillando,
para que todas las niñas
¡tengan zapaticos blancos!
*Jesús Orta Ruiz
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