Manuel Sanguily en la saga de la palabra I
Por: Sandra Cristina
Sanguily vs La Enmienda Platt
El largo período colonial y la presión y presencia de Estados Unidos condicionó un proceso de formación nacional para el cual trabajaron los intelectuales cubanos a favor de una nación en distintas etapas y no sólo en los años inmediatos postbélicos, como resistencia y programa. La nación se ideó de acuerdo a planteamientos políticos diferentes y enfrentados -independencia, autonomía y anexión- y a partir de determinadas concepciones y cánones culturales y sociales
A pesar de su trayectoria política opositora a la anexión norteamericana llegó a Senador de la República, presidiendo el Senado de la nueva nación mediatizada. Luego en 1910 obtuvo la condición de Secretario de Estado donde mantuvo su actitud antiimperialista en defensa de los ideales por los que durante las Guerras de Independencia
Su trayectoria positivista, manifestó el espíritu sistemático del hombre marcado por una nación, dándole nombre a una variada obra de ensayos, conferencias, discursos. Ante su condición de cubano a las puertas de una guerra de liberación Saguily dijo: El hombre, en cuanto ser vivo, es como la montaña o el bosque, un producto natural, y por lo mismo nadie se siente contrariado porque haya seres imperfectos, o monstruosos, ni los aplaude o vitupera a titulo de tales, como tampoco porque entre las arenas del Mediterráneo haya vestigios de detritus[1]
En varios de sus discursos Manuel Sanguily señalaría el peligro que representaba para Cuba la dependencia económica de tan poderoso país, lo cual finalmente conduciría al dominio político.
La intervención norteamericana y el surgimiento de la república neocolonial en 1902, constituyeron un contradictorio hito de ese ascenso fatigoso del pueblo cubano hacia sus ancestrales ansias de justicia.
La Constitución de 1901 es una lamentable obra política y también jurídica. Y lo fue no solo por estar signada por el apéndice oprobioso de la Enmienda Platt. Fue una lamentable Constitución por su contenido y hasta por su estructura artificial y ajena a las particularidades cubanas.
Desde que se oficializó la república neocolonial, sus discursos dejaron de prevenir la dominación y se concentraron en atacarla abiertamente. Así lo verifican sus intervenciones ante el Senado en marzo de 1903, en contra del Tratado de Reciprocidad Comercial y la venta de tierras a extranjeros.
Manuel Sanguily, adalid, junto a Juan Gualberto Gómez, contra la Enmienda Platt, dijo en la Constituyente: «Tengo para mí que la Convención en este momento tiene un parecido con el Jano antiguo, pues que una faz suya se me aparece vuelta al pueblo de Cuba, mientras creo ver que tiene otra que mira al poder interventor», y seguía diciendo que estaba claro que incluso los que trataban de conciliar con ese poder interventor lo hacían por prudencia, convencidos de que sin él la independencia no sería concedida.
Sus antecedentes literarios, toman en esta etapa una dimensión mayor, sus ideas refuerzan la palabra de aquellos años cuando publicaba en de Hojas Literias -La historia no se comprende sin las fuerzas psíquicas, sin las fuerzas físicas, sin las fuerzas morales. La historia es un producto. Y lo mismo la sociedad, el hombre, las ideas, la palabra y el libro. Una oda, un epigrama, un libro sobre cualquier materia son hechos que tienen sus condiciones propias y sus naturales dependencias. Serían incomprensibles sin el conocimiento del autor; y el espíritu del autor no se explica sin el conocimiento de su familia y raza, sin la biografía, la herencia, la constitución personal; pero el autor, que vino al mundo con ciertas predisposiciones intelectuales y fisiológicas, recibe desde la cuna constantes y variadísimas influencias, de la casa, de los amigos, de las opiniones y caracteres de aquella y estos, de la situación pública, directamente o por interemediarios, y luego del colegio, de sus maestros y compañeros, de los libros, de las doctrinas y creencias, que en ellos corren o que le envuelven doquier, dejando retazos, filamentos perdidos que caen en su espíritu y van tejiendo su centón barroco; por lo que cada individuo se compone mentalmente de los mismos elementos suspendidos en el ambiente común, que se convienen y conforman diversamente, como los infinitos y diferentes corpúsculos y fragmentos de cada vuelta del kaleidoscopio. Cuanto haga un autor, libro, empresa, cuadro, sinfonía, será, pues, el producto de múltiples factores[2].
Para Manuel Sanguily, la recepción de este universo de ideas y las posiciones del liberalismo heredero de la intelectualidad cubana del s XIX mostraba libremente la contradicción que generaba la inexistencia del estado-nacional hasta 1902, las deformaciones estructurales, la consolidación de la dependencia de los distintos sectores de la burguesía.
El espíritu patriótico no decayó pese a que los propios artífices de la injerencia y sus aliados en Cuba desplegaron campañas en favor de la supuesta "ayuda generosa" que Estados Unidos daba a la isla caribeña.
El sentir de los adversarios el Tratado de Reciprocidad comercial fue expresado en el Senado de Cuba por el Coronel Manuel Sanguily, cuyo segundo discurso mereció que su antagonista en el debate, Antonio Sánchez de Bustamante, calificara como la oración de forma más hermosa y de fondo mas sentido que he escuchado jamás.[3]
Pero contradictoriamente para muchos historiadores durante la discusión de Enmienda Platt como un apéndice a la constitución cubana, Manuel Sanguily fue de los que opinó que, tácticamente, lo más adecuado era aceptarla, pues lo importante era proceder a la evacuación de las tropas estadounidenses y dar paso a alguna forma de auto gobierno que nos permitiera reasumir nuestra soberanía. Sanguily estimaba que en el terreno económico se podría dar una batalla decisiva por lograr un grado mayor de independencia, y, por esto, asumió un rol protagónico en los debates sobre relaciones internacionales desarrollados dentro y fuera del senado cubano.
A pesar del coqueteo de Sanguily con algunos aspectos de la Enmienda Platt y El tratado de reciprocidad, su posición quedó sentada en La Carta a los estudiantes de Kansas donde decía que mi respuesta a la consulta de Uds tiene que ser, anticipando su resumen, la negativa rotunda de un ratón a quien un grupo de gatos le preguntara si debían los gatos devorarlos a él y a su grupo de ratones y mas adelante dice: las naciones no se juzgan tampoco por la masa que de sus individuos; sino por la porción de ellos que dirigen y representan genuina y legítimamente su país [4]
Este optimismo también resultaba alentador en aquellas condiciones, porque iba unido a la confianza en la futura independencia y en el desarrollo próspero del país. Comparados estos criterios con el pesimismo y la desconfianza, que por aquella época y aún en la actualidad pregonan los irracionalistas y fideístas en sus diversas variantes, el saldo también resulta a favor del positivismo.
La mayoría de los seguidores del positivismo en Cuba no se definieron explícitamente ante el problema que siempre de un modo u otro es fundamental a toda filosofía: la cuestión de la relación entre el ser y el pensar, así como la posibilidad de conocer o no el mundo.
Por último, a un patriota nacionalista como Sanguily no se le escapaba que en el equilibrio comercial con el mundo y en los beneficios de la libre competencia, podría apoyarse la mayor de las Antillas para ejercer su soberanía. A esos efectos era necesario conservar los vínculos con Europa.
Sin embargo, estos elementos agnósticos e idealistas subjetivos no constituyeron un obstáculo insalvable, porque todos ellos demostraron una confianza extraordinaria en las posibilidades de las ciencias, en el incremento de los potenciales humanos con el aumento de la cultura.
Esta es la razón por la cual es frecuente en la mayoría de ellos el relativismo, el convencionalismo y los elementos de agnosticismo. Este último se puso de manifiesto en Manuel Sanguily cuando consideraba que el hombre no puede descorrer nunca por completo el velo de las cosas.
Por eso impugno el Tratado porque contribuye a nuestra debilidad y facilita nuestro desastre, desalojando el comercio europeo, y, con el comercio, los intereses europeos, el interés de Europa en la conservación de la República [...]
Excluida Europa, se rompería el equilibrio; desaparecería una fuerza moral considerable que pudiera mantenerlo indefinidamente, quedarían los cubanos, más o menos debilitados y empobrecidos, enfrente del dinero y el poderío de los americanos.[5]
Aun en el último artículo que publicara, meses antes de su muerte, Sanguily daba constancia de su afán sin tregua por iluminar el juicio de los cubanos ante la realidad de la mediatización, y de su fe en la palabra como haz esclarecedor.
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