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Historia

La imprescindible tarea de recuperar la memoria

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A 50 años de “Palabras a los intelectuales”. (Texto completo de Fidel Castro).

Fernando Martínez Heredia - La Jiribilla.- El 30 de junio de 2011, a 50 años de pronunciado el discurso conocido como “Palabras a los intelectuales”, artistas y pensadores cubanos se volvieron a reunir en el Salón de Actos de la Biblioteca Nacional.

Para reflexionar sobre la trascendencia que tuvieron aquellos encuentros para la política cultural del país y los contextos que rodearon e incidieron en las palabras de Fidel convertidas con el tiempo en documento programático de la Revolución. En diálogo intergeneracional, confluyeron algunos de los participantes de aquel encuentro de junio de 1961 como Alfredo Guevara, Roberto Fernández Retamar, Armando Hart y Jaime Sarusky con integrantes de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y de la Asociación Hermanos Saíz. Entre los ponentes de la reunión estuvieron Nancy Morejón, Fernando Martínez Heredia, Eduardo Torres Cuevas, Omar Valiño, Luis Morlote y Jaime Gómez Triana.

 

Me preocupa mucho que la circunstancia de la cual es hija “Palabras a los intelectuales” haya sido olvidada. Fue en el verano de 1961, cuando salían legalmente por el aeropuerto hacia EE.UU. casi 60 mil personas en tres meses. Es decir, un sector que podía viajar en avión se marchó, horrorizado ante la victoria de los revolucionarios en Girón. El 1ro. de Mayo desfilaron los milicianos desde el amanecer hasta la noche. Una semana después, fue nacionalizada toda la educación en el país. La administración de las grandes rotativas había pasado a la Imprenta Nacional de Cuba desde marzo de 1960; entre mayo y los inicios de 1961 desapareció o fue nacionalizada la mayoría de los medios de comunicación de propiedad privada. La prensa de la ciudad de La Habana era de una riqueza y una diversidad extraordinarias. Tenía más de una docena de diarios nacionales, varios de ellos con decenas de páginas y secciones en rotograbado, otros pequeños pero muy ágiles; estaban llenos de informaciones, reportajes, crónicas, secciones, comics. Por toda la isla había numerosos diarios. La revista semanal Bohemia era la más leída e influyente, la más importante de su tipo en la región central del continente y fue una sistemática opositora a la dictadura. No debemos olvidar que el consumo de esos medios era la actividad intelectual más extendida e importante de las mayorías.

Aquel mundo de tanta amplitud y alcance tenía a su cargo tareas principales de socialización de la palabra, escrita y hablada, esta última a través de un formidable conjunto de emisoras radiales, nacionales y regionales, que gozaba de una audiencia y una influencia descomunales. La novedosa televisión era la pionera de América Latina, se había implantado para todo el país y avanzaba en numerosos terrenos a una velocidad impresionante. Los medios cumplían funciones de la mayor importancia en el equilibrio tan complejo que mantuvo la hegemonía de la dominación durante la segunda república. Una libertad de expresión muy amplia había sido, al mismo tiempo, una gran conquista ciudadana y un instrumento delicado de manipulación de la opinión y de desmontaje de las rebeldías. Pero desde enero de 1959 estaban cambiando las ideas y los sentimientos, las motivaciones y los actos, en todas las esferas públicas, cada vez con más fuerza, extensión y profundidad, y este sistema social de reproducción —el universo de los medios, como diríamos ahora— tenía que transformarse a fondo, como tantos otros campos de la sociedad. Durante su vertiginoso proceso de eventos y cambios la Revolución trabajó con los medios que existían y con los que ella fue creando, en medio de conflictos crecientes. La intensificación de los enfrentamientos marcó la crisis y el final de aquel sistema, mediante la expropiación de casi todas las empresas privadas de medios de comunicación. El estado cubano se hizo cargo de ellas.

¿Cómo ilustrar la trascendencia de esos hechos? En los días de “Palabras a los intelectuales” habían desaparecido el mundo empresarial en una actividad especializada que en Cuba contaba con más de siglo y medio de existencia, y un proceso de libertades de expresión burguesas comenzado 80 años antes, bajo el régimen colonial. El periodismo de las dos últimas décadas del siglo XIX contó con un mar de publicaciones, que creció mucho en la primera república, e incorporó la radio desde los años 20.

Esa época terminó en 1960-1961. No hay que confundirse: la mayor parte de los medios siguió existiendo, y continuó allí una buena parte de los que trabajaban en ellos. La nacionalización de los medios es un hecho histórico decisivo; la vida, el contenido y otras muchas cuestiones de los medios en los años 60 es otro hecho histórico. Doy dos simples ejemplos. La emisora COCO, “el periódico del Aire”, de Guido García Inclán, un periodista que tenía un gran prestigio cívico, continuó diciendo más o menos lo que le daba la gana durante varios años más. La Revolución mantuvo el diario El Mundo, una empresa moderna nacida con el siglo, en manos de antiguos activistas católicos, patriotas revolucionarios, hasta su desaparición a fines de la década. Allí tenía una sección Monseñor Carlos Manuel de Céspedes, y recuerdo una polémica fraternal que sostuvo con el joven profesor de marxismo Aurelio Alonso, acerca del origen de la vida.

En aquellos tres años del 59 al 61, la gente se fue apoderando de su país: empresas, escuelas, tierras, bancos. Y de su condición humana, su dignidad, su ciudadanía, su esperanza. La riqueza social comenzaba a ser repartida entre los miembros de la sociedad. Pero todo era muy complicado y difícil; por ejemplo, en un momento dado amenazaron quebrarse las relaciones entre la ciudad y el campo, algo imprescindible para que se pueda vivir en ciudades. Se rompió para siempre la subordinación que existía de la gente de abajo, los jornaleros, los obreros, los desempleados, las mujeres, los negros. No hay manera de describir bien cuántos significados tuvo eso. Un orden social es una maquinaria muy compleja, gigantesca, pero con mecanismos delicadísimos en los que basa su funcionamiento, su reproducción y el consenso de las mayorías a ser dominadas y vivir del modo en que vive cada clase y cada sector. Aquel orden se fue desbaratando, y en 1961 fue identificado, aplastado y despreciado. Por eso la Revolución reunía, al mismo tiempo, victorias inigualables, necesidades sin cuento, urgencias graves, desórdenes y disciplina, desafíos mortales, un descomunal sentido histórico y un hambre insaciable de personas capaces.

Girón fue el gran triunfo del pueblo entero armado. A veces el artista es más sintético —y más acertado— que el científico social, como cuando Sara González canta: “¡nuestra primera victoria, nuestra primera victoria!”. Para la clase alta y amplios sectores de clase media fue, tenía que ser, el certificado de su derrota. Su respuesta más socorrida fue con los pies. Entre ellos se marcharon la mitad de los médicos y un gran número de profesionales y de técnicos. Se vivía en eterna tensión, cambiaban las relaciones y las ideas que se tenían sobre ellas, y sucedían extraordinarias desgarraduras. Desde 1960 eran una realidad las bandas contrarrevolucionarias en el Escambray y otros lugares del país; en su mayoría era gente de pueblo, que peleaba contra la Revolución que pudo haber sido su revolución. Algunos ponían bombas en La Habana, provocaban incendios, asesinaban milicianos. Es decir, se desplegaba ante todos el correlato inevitable del poder popular: la virulencia de la lucha de clases.

Como todos saben, el imperialismo norteamericano ha sido el protagonista principal de la contrarrevolución, desde el inicio hasta hoy, con saña criminal y con método al mismo tiempo; lo ha hecho contra la más elemental decencia, y a veces también contra su propia eficiencia. Pero ha sido y es el pueblo de Cuba el que ha vivido y sufrido todo este proceso. En 1961 y 1962 una cantidad enorme de jóvenes pasó a dedicarse a la defensa del país, se multiplicaron las escuelas militares y los batallones de milicias, convertidos en unidades militares, y se crearon los tres ejércitos. Lo fundamental para la Revolución durante la primera mitad de los años 60 fue la defensa, aunque al mismo tiempo se realizaron las tareas más asombrosas. La declaración de que la Revolución era socialista y democrática, de los humildes, por los humildes y para los humildes, se la hizo Fidel en la calle a una multitud armada. Todos cantaron a continuación el Himno Nacional y se dio la orden a todos de regresar a sus unidades militares. La primera orden del socialismo cubano fue: “marchemos a nuestros respectivos batallones”.

El proceso revolucionario era el centro de la vida intelectual del país en 1961. En junio, ya la Revolución controlaba directamente todo el sistema escolar y todos los medios de comunicación, y se planteaba la necesidad de transformar la Universidad; seis meses después se promulgó la ley de reforma universitaria. La mayor revolución intelectual de 1961 fue, con mucho, la Campaña de Alfabetización, un acontecimiento intelectual incomparable por su contenido, su alcance transformador y su trascendencia. La gran invasión no fue la de Girón, fue la de los alfabetizadores por toda Cuba. Los héroes intelectuales del año 61 se llaman Conrado Benítez y Manuel Ascunce, y la canción de tema intelectual más importante comienza así: “Somos la Brigada Conrado Benítez…”.

Este es el país y esta es la circunstancia en que se celebraron las reuniones de los intelectuales en la Biblioteca Nacional. Me extendí tanto porque me parece necesario. Las artes tienen una importancia excepcional en las sociedades, por su naturaleza, sus significados y sus funciones sociales, pero es imposible entender nada de las artes si no se sitúan en sus condicionamientos, en cada caso determinado históricamente. En aquel verano en que sucedían tantas cosas, la Revolución pretendía crear y desarrollar sus instituciones políticas, estatales y sociales. Cuba socialista necesitaba una unión de escritores y artistas, un partido político de la Revolución, un aparato estatal apropiado, una asociación de agricultores y otras muchas instituciones. Por eso, me falta todavía mencionar un condicionamiento.

La unidad política estaba en el centro de la estrategia de la dirección, en dos planos: la unidad del pueblo y la de los revolucionarios. La primera tuvo como base original la identificación masiva con el Ejército Rebelde, Fidel y el movimiento revolucionario. Entre 1959 y 1961, esa base se amplió una y otra vez, al mismo tiempo que se definía y cambiaban aspectos de su contenido y su composición, según se iba desplegando la Revolución socialista de liberación nacional iniciada el 1ro. de Enero. El pueblo del 61 no es igual al pueblo del 59. La unidad de los revolucionarios se había iniciado en los meses finales de la guerra, alrededor del polo que estaba próximo a obtener la victoria. En el curso de 1960 fue definida como unidad entre el Movimiento 26 de Julio, el Directorio Revolucionario 13 de Marzo y el Partido Socialista Popular. Fidel había completado su liderazgo y era el máximo referente popular, el eje, el símbolo, el principal impulsor y el jefe de ambas instancias de la unidad. En medio de esta coyuntura, ganó mucha fuerza la idea de que era necesario tener un partido político de la Revolución que, además de expresar la unidad, tuviera una estructura muy definida y unas funciones importantes. Ese partido debía salir de las Organizaciones Revolucionarias Integradas, que la gente llamó “la ORI”. Pero ella no supo expresar la vocación y los logros de unidad entre los revolucionarios, porque se convirtió en el instrumento de un grupo sectario y ambicioso que pretendió, en pleno Caribe, expropiar la revolución popular y convertir al país en una “democracia popular” como las que dirigía la URSS en Europa. El desvío del rumbo revolucionario y los malestares, contradicciones y conflictos que ese hecho generó eran una realidad dentro de otra en el proceso que se vivía.

Las reuniones de intelectuales celebradas en esta Biblioteca Nacional estaban muy relacionadas con el objetivo de la Revolución de crear una asociación nacional de los intelectuales y artistas, pero estaban condicionadas por todo lo que he dicho. Por tanto, expresaban también esos condicionamientos y eran un teatro de ellos, aunque está claro que lo principal era la actividad misma a la que se dedicaban los participantes, y las cuestiones específicas que ellos estaban viviendo y dirimiendo.

Todos los participantes actuaron de acuerdo con sus conciencias de lo que hacían y lo que querían, sus motivaciones y sus intereses inmediatos, sus ideologías, sus ideales trascendentes y sus prejuicios y creencias del día. Eso es lo que sucede en todos los eventos que después se considerarán históricos. Si analizamos con cuidado todo el material de aquellos meses referido a este campo, por lo menos hasta el Congreso de fundación de la UNEAC, en agosto, podremos tratar de establecer el significado que tuvieron entonces los acontecimientos y las declaraciones. Casi siempre existe una historia de selecciones, olvidos y utilizaciones de cada evento histórico, que configura ella misma sus realidades, discernibles respecto al hecho original. Ellas tienen sus sentidos y sus funciones, pero no hay que confundirlas con lo que sucedió originalmente.

Los intelectuales y artistas estaban sometidos a tensiones extraordinarias en aquel verano del 61. Desde el triunfo unos habían participado, y otros apoyado o aplaudido, a una revolución vertiginosa, hecha de cambios profundos, desafíos a Goliat, alegrías de pueblo y justicia evidente. Pero además de su inmensa rectoría moral, sus hechos excepcionales y su inagotable capacidad movilizadora, ahora la Revolución parecía haber comenzado a encargarse de todo. Prácticamente todos los medios para comunicarse estaban en sus manos, la mayor parte del trabajo intelectual y artístico debería transcurrir dentro de sus instituciones o de su orden, y este ámbito en su conjunto recibiría sus orientaciones. Y todo sucedía mientras la extrema agudización de la lucha de clases llevaba a muchas personas a decisiones que afectaban totalmente a sus vidas, convertía en hostilidad los desacuerdos y a los juicios en definiciones de amigos o enemigos.

Por si fuera poco, el socialismo según los usufructuarios de las ORI incluye un control político del contenido de las artes y unas valoraciones sobre ellas que gozaban de una muy bien ganada mala fama. En la URSS se habían cometido represiones criminales contra artistas e intelectuales, y en aquel momento sus adeptos tenían todavía por artículos de fe dogmas como el del llamado realismo socialista. La Revolución contaba con varias instituciones culturales propias que ya adquirían obra y prestigio, pero no con una elaboración ideológica en ese campo que pudiera funcionar como norma. No existía unidad entre sus personalidades, ni la dirección del país les encargaba —al conjunto o a algunos de ellos— la conducción del sector. El sectarismo y el dogmatismo trataron entonces de imponerse, en nombre de la unidad y de lo que supuestamente era el legítimo socialismo.

Muchos intelectuales sentían zozobra ante aspectos de la situación y de lo que podía depararles el futuro cercano. Tenían razones para sentirla, porque en el campo cultural hubo funcionarios autoritarios, maniobras sectarias y dogmáticas, abusos e injusticias: esos hechos formaron parte del problema. Me imagino que cuando Virgilio Piñera dijo que él debía hablar primero, por ser el que más miedo tenía, Fidel quizá debe haberse sonreído para sí y pensado: “y yo soy el que más dolores de cabeza tengo”. Piñera expresaba el lícito temor de un intelectual acostumbrado a trabajar solo y defender su dignidad en un mundo hostil, pero me niego a creer que era un intelectual que vivía sobre una nube, ciudadano únicamente de la república de las letras. Invito a releer su carta a Jorge Mañach de 1942, en la que el joven Virgilio le expone lo que piensa sobre los deberes sociales del intelectual, la cultura cubana en aquel tiempo posrevolucionario y el sentido cívico que tiene su revista Poeta. Le enrostra a Mañach el significado de su actuación pública —“no hay cosa más difícil para una nueva generación que toparse con que la precedente ha capitulado”, le dice— y le devuelve el dinero que ha pretendido aportar al novel editor.1 O podemos volver a ver cómo presenta Piñera a la sociedad burguesa neocolonial en su pieza Aire frío, un hito trascendente en el teatro cubano del siglo XX.

Los intelectuales reunidos en la Biblioteca Nacional no constituían un areópago de tontos cultísimos a los cuales Fidel ofreció, en dos frases rotundas y brillantes, la orientación de la política cultural, desde la no historia, de una vez y para siempre, que es lo mismo que decir de una vez y para nunca. Fidel ha sido extraordinariamente grande, entre otras causas, porque sus interlocutores no eran tontos, y porque él supo cabalgar sobre sus circunstancias históricas, obligarlas a andar en una dirección determinada y darle trascendencia a lo que pudo haber quedado en unos nobles intentos y un conjunto de anécdotas para ser contadas. Opino que el sentido de sus palabras en la Biblioteca era mantener abierto el diálogo revolucionario con los intelectuales y artistas, defender abiertamente la libertad de creación, respaldar a todo el que echara su suerte con la Revolución y evitar que el sectarismo-dogmatismo consumara un desastre en ese campo. Al mismo tiempo, se proponía sostener la primacía de la Revolución frente a cualquier problema específico y, por tanto, su derecho a controlar la actividad intelectual y la libertad de expresión en todo lo que resultara necesario, reclamar a los intelectuales tener fe o confianza en la Revolución, respaldar al Consejo Nacional de Cultura sin dejar a su pleno arbitrio el campo cultural y fortalecer la política de institucionalización estatal y de organizaciones sociales, que llevaba hacia la constitución de una Unión de Escritores y Artistas.

Fidel habla aquí como el máximo dirigente revolucionario, y logra mantener una relación íntima entre los principios, la estrategia y la táctica, en medio de una situación política e ideológica muy compleja. Su largo discurso es siempre en tono persuasivo, maneja argumentos y trata de influir y convencer. No ordena ni comunica decretos, no condena al documental PM y es muy cuidadoso en cuanto a no pretender que unos u otros tengan la razón, reconoce que se han expresado pasiones, grupos, corrientes, querellas, ataques, incluso víctimas de injusticias. No utiliza nunca expresiones como las de “problemas ideológicos” o “servir consciente o inconscientemente al enemigo”, que han sido tan funestas para la cultura en la revolución. Al contrario, su discurso contiene gran cantidad de giros como estos: “la Revolución no puede ser, por esencia, enemiga de las libertades”; “la Revolución no le debe dar armas a unos contra otros”: “cabemos todos: tanto los barbudos como los lampiños…”; “tenemos que seguir discutiendo estos problemas (…) en asambleas amplias, todas las cuestiones”. Lo que reivindica es el derecho del Gobierno Revolucionario a fiscalizar lo que se divulga por el cine y la televisión en medio de una lucha revolucionaria, por la influencia que puede tener en el pueblo. Pero también matiza esa exigencia: “lo puede hacer equivocadamente —dice—, no pretendemos que el Gobierno sea infalible”. Y sabe inscribir las discusiones de la Biblioteca en el marco de los hechos portentosos que está viviendo el país en el campo cultural.

Todos recordamos las frases famosas: “…dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada (…) ¿Cuáles son los derechos de los escritores y de los artistas, revolucionarios o no revolucionarios? Dentro de la revolución: todo; contra la revolución, ningún derecho.” Las frases que son repetidas hasta el cansancio y sin atender a su significado, como si fueran rezos, pierden su valor, cualquiera sea su autor. Si recuperamos las que pronunció Fidel aquí hace 50 años, contienen, a mi juicio, la defensa de la posición revolucionaria cubana, de un poder muy reciente e inexperto en medio de una lucha tremenda, frente a la política elitista y la pretendida “pureza ideológica” predominante en las ORI. La idea del intelectual honesto, valioso en sí mismo, que no milita en la revolución, le permite a Fidel hacer planteamientos fundamentales respecto a los problemas reales que confronta la transición socialista. “La Revolución debe tener la aspiración de que no solo marchen junto a ella todos los revolucionarios (…) la Revolución debe aspirar a que todo el que tenga dudas se convierta en revolucionario (…) la Revolución nunca debe renunciar a contar con la mayoría del pueblo.”

Yo veo la trascendencia de Palabras a los intelectuales en el conjunto de la intervención de Fidel y en los objetivos que tuvo, más que en la frase famosa. A mi juicio, esa frase atendía a lo esencial de aquella coyuntura, y no al propósito imposible de enunciar un principio general permanente de política cultural. Opino que resultó trascendente porque supo relacionar muy bien las actividades intelectuales y artísticas con la gran revolución que estaba sucediendo en Cuba, y porque estableció una forma honesta y clara —revolucionaria— de relación entre el poder y los intelectuales, que ha sido transgredida innumerables veces, pero sigue ahí, enhiesta, con su prestigio y su alcance, como una meta por conquistar.

Aquellos que al inicio de los años 60 éramos apenas unos jóvenes revolucionarios estudiosos, utilizamos con entusiasmo a nuestro favor la frase famosa de “Palabras...”. En nuestra interpretación, “dentro de la revolución todo”, quería decir: “todos los que somos revolucionarios activos tenemos derecho a pensar, a expresar libremente nuestros criterios y a leer lo que nos dé la gana”.

En la etapa reciente se ha venido multiplicando la información pública acerca del proceso de la cultura en los primeros años del poder revolucionario, a través de documentos personales, testimonios, reediciones de trabajos polémicos de entonces y algunos textos de análisis. Ese hecho tan positivo nos puede ayudar mucho a la imprescindible tarea de recuperar la memoria, y sobre todo a que los jóvenes se apoderen del proceso histórico de la cultura en este medio siglo y de la totalidad del proceso histórico de la Revolución. Es imprescindible, y es vital para saber bien quiénes somos, de dónde venimos, a qué herencia no debemos renunciar, qué enemigos y qué combates han tenido y tienen una y otra vez ante sí los que pretendan ejercer sus cualidades y realizarse como individuos en el mismo proceso en que crean un medio social que fomente el crecimiento y el desarrollo de la libertad y la justicia social, una sociedad que conquiste liberaciones en la que sea factible gozar y repartir entre todos los bienes, la belleza y la imaginación. Para poner en marcha esa aventura maravillosa, “Palabras a los intelectuales” puede ser convocada también, y constituir un instrumento sumamente valioso.

Nota:

1- La carta se publicó en La Gaceta de Cuba No. 5, La Habana, sept. /oct. 2001, pp. 3-4

La otra parte de la historia.

La otra parte de la historia.

Por: Sandra Cristina

Quienes desconocen la extensa trayectoria del periodismo cubano, quizás piensen que las características de nuestra prensa socialista se asentaron desde el mismísimo surgimiento de los medios de comunicación en las filas del grupo especializada en informar y orientar al pueblo. Sin embargo,  antes del triunfo de enero de 1959, otra historia acontecía.

El siglo XX deviene momento exclusivo para el desarrollo de la profesión periodística en Cuba. El advenimiento de una serie de hechos, aparejados a la marcha de la República Neocolonial (1902-1958) otorga a la prensa cubana características excepcionales en su historia. Ofrecemos, pues, un recorrido por la situación del periodismo en tan singular etapa.

Dentro del progreso al cual nos referimos, no podemos dejar de citar algunos acontecimientos que menciona Juan Marrero en Dos siglos de periodismo en Cuba como son la irrupción de las nuevas tecnologías de impresión y la inserción de la fotografía como elemento fundamental en revistas y periódicos. Además, el nacimiento de un servicio que las empresas periodísticas más solventes incorporan a las redacciones: las agencias cablegráficas. (Marrero, 1999)

Irrumpe la segunda década de la centuria y la perla de las Antillas se anticipa a sus vecinos de América Latina para ser la primera en establecer la radio en 1922, aunque la inauguración oficial no ocurre hasta un año después por Luis Casas Romero. Luego, a mediados de siglo  se incorpora a los medios ya existentes, uno más completo y aglutinador: la Televisión[1].

Todos estos acontecimientos repercuten considerablemente en la agilidad, actualidad y dinamismo del ejercicio periodístico; sin apartar el espacio cada vez mayor que ocupan la propaganda y la publicidad dentro del sistema de los medios de prensa. Precisamente el desarrollo de este fenómeno, garantiza en extraordinaria medida el sostenimiento y avance indiscutible de tantos periódicos, emisoras y canales de TV en esa época[2].

A la par de ese oportuno desarrollo, la sombra capitalista resguarda sus intereses en cada sector de la nación cubana. Según Ernesto Vera y Elio Constantín en El periodismo y la lucha ideológica, durante los años de la república mediatizada la prensa dominante en Cuba tuvo un carácter netamente imperialista, reaccionario como consecuencia de la situación semicolonial.

Ambos autores resumen en El Periodismo y la lucha ideológica, las características de esta prensa del modo siguiente:

  • Fue un medio utilizado para negar y ocultar las mejores tradiciones de las luchas independentistas de nuestro pueblo.
  • Fue un permanente difamador de la ideología de la clase obrera, el marxismo-leninismo, y su más firme exponente: la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) primero y, posteriormente,  también los demás estados socialistas.
  • Apoyada en falsos valores, trató de sembrar en la conciencia de nuestro pueblo la frustración, el conformismo, el fatalismo geográfico y político y, muy especialmente, el anticomunismo. ( Vera y Constantín, 2006: 20 y 21)

Resulta preciso añadir que durante los años de la Segunda Guerra Mundial la campaña antifascista que se llevaba mundialmente también tuvo ecos en Cuba. Durante ese período gubernamental Fulgencio Batista —el hombre fuerte de Cuba—  “que era muy hábil, muy sagaz en la politiquería, le dio apoyo a los periodistas para fundar el Primer Colegio de Periodistas de América Latina (1943) y para hacer antes el Primer Congreso de Periodistas cubanos en el año 1941”.

De esta manera, la prensa dominante se imbricaba a los intereses del régimen con todo el apoyo propiciado por Batista y las subvenciones del gobierno. Sin embargo, como expresión del auge de las luchas revolucionarias “se dan determinadas condiciones[3] que permiten la circulación legal de alguna prensa revolucionaria”.

Algunos años después la agudización de la campaña anticomunista patrocinada por Estados Unidos contra el campo socialista obstaculiza esta “apertura informativa”.

Durante el período de los gobiernos auténticos y principalmente en el que correspondió a Carlos Prío [4] la embestida contra las ideas revolucionarias, principalmente las marxistas y leninistas alcanzó niveles sangrientos. Prío optaba por mantenerse indiferente ante los severas críticas que denunciaban sus fechorías, presumimos que debido a su conformidad con una buena suma de billetes al retirarse del gabinete presidencial.

Con el golpe de estado de Fulgencio Batista el 10 de marzo de 1952, bien distinta sería la situación del periodismo. No obstante, podemos resumir que la seudorrepública resultó fecunda en publicaciones de todo tipo. El periodismo militante pudo desenvolverse en la legalidad y semilegalidad salvo en regímenes dictatoriales como los de Gerardo Machado y el ya mencionado Fulgenio Batista.

El rostro de la prensa escrita

Se hace referencia a dos tendencias dentro de la prensa cubana antes del triunfo revolucionario de 1959; una dada por el servilismo a los intereses del régimen (prensa dominante) y otra que repudia la injusticia y abraza las transformaciones políticas profundas.

Dentro de la primera no podemos dejar de mencionar a las grandes empresas  periodísticas de Cuba: Diario de la Marina (1844), El Mundo (1901) y El País (1941).

 

Diario de la Marina, durante los años de gobierno auténtico no denunció los robos ni el gangsterismo aunque sí aprobó la práctica del divisionismo en la clase obrera y la imposición del mujalismo. Tampoco lo hizo el diario nacido en los albores del siglo. “Sus intereses «serios» estuvieron muy por encima del pueblo. Pero se las arreglaba para mantener una aparente equidistancia entre el poder y sus adversarios”

A diferencia de los ya aludidos, El País representaba a todas luces los propósitos del liberalismo. Pero no rechazó a los candidatos del autenticismo y mucho menos condenó los manejos corruptos de los supuestos adversarios. (Vera y Constantín, 2006)

Pueden incluirse también en esta tendencia reaccionaria a otros periódicos cuya política dependía de los intereses del gobierno de turno. Pero consideramos que no pueden faltar en este recuento algunos como Alerta (1936), Avance y El Crisol, que son considerados “hijos” de los grandes diarios mencionados anteriormente.

Contrarios a estos periódicos subordinados a la burguesía nacional surgieron otros preocupados por la defensa de los intereses del proletariado y de los sectores más humildes del pueblo. Justicia[5], Bandera Roja[6], La Palabra y Línea, fueron antecedentes sobresalientes de la publicación Noticias de Hoy (1938) y que desempeñó un extraordinario papel como servidor de la causa antiimperialista del pueblo cubano, de la lucha contra la explotación, por el socialismo y la paz” (Marrero, 1999: 50) 

La década del 30 devino momento propicio para la circulación de la prensa comunista y revolucionaria. Incluimos además en esta secuencia de voceros de las ideas justas a El centinela,[7]  Mella[8], La Palabra, la revista Masas y Mediodía. A diferencia de la corta duración de estas publicaciones, Noticias de Hoy disfrutó de una existencia legal en etapas semidemocráticas. Sufrió después el asalto, la persecución y la censura hasta ser clausurado definitivamente a raíz del asalto al Cuartel Moncada en julio de 1953.

El período posterior al cuartelazo del 10 de marzo de 1952, suscitó la concurrencia de una prensa llamada por Vera como “prensa masiva”, al referirse a la nacida en la clandestinidad y que figura como clave dentro de los momentos de la historia del periodismo progresista en cuba antes del triunfo de la Revolución. No adentraremos nuestro análisis en esta etapa pues no se circunscribe al marco de nuestra investigación y sí la consideraremos para futuras investigaciones.



[1] Sobre estos detalles del surgimiento de la radio y de la televisión  supimos a través de la entrevista realizada a Ernesto Vera  y en Dos siglos de periodismo en Cuba.

[2] Cuando mencionamos esa época, nos referimos a los años vividos en la Cuba Neocolonial, de 1902 a 1958 donde los gobiernos de turno garantizaban los intereses imperialistas de los EE.UU. en la Isla de Cuba.

[3] Estas condiciones están matizadas por el auge del movimiento revolucionario mundial y la lucha contra el nazi fascismo.

[4] Ver Capítulo II “Historiando a un auténtico”

[5] Según Ernesto Vera y Elio Constantín, en 1924 fue fundado el primer periódico marxista-leninista, bajo el rótulo Lucha de clases, denominado luego Justicia.

[6] Ambos autores añaden que como antecedente de Bandera Roja surgió El Trabajador (1931), órgano del primer partido marxista-leninista.

[7] El Centinela (1934) se editaba específicamente para las células comunistas del ejército y la marina de guerra.

[8] Este periódico revolucionario era dirigido por Defensa Obrera Internacional(DOI), filial cubana del Socorro Rojo Internacional.

El rostro de la prensa escrita antes de 1959

El rostro de la prensa escrita antes de 1959

Por: Sandra Cristina

Quienes desconocen  la extensa trayectoria del periodismo cubano, quizás piensen que las características de nuestra prensa socialista se asentaron desde el mismísimo surgimiento de los medios de comunicación en las filas del grupo especializada en informar y orientar al pueblo. Sin embargo,  antes del triunfo de enero de 1959, otra historia acontecía.

El siglo XX deviene momento exclusivo para el desarrollo de la profesión periodística en Cuba. El advenimiento de una serie de hechos, aparejados a la marcha de la República Neocolonial (1902-1958) otorga a la prensa cubana características excepcionales en su historia. Ofrecemos, pues, un recorrido por la situación del periodismo en tan singular etapa.

Dentro del progreso al cual nos referimos, no podemos dejar de citar algunos acontecimientos que menciona Juan Marrero en Dos siglos de periodismo en Cuba como son la irrupción de las nuevas tecnologías de impresión y la inserción de la fotografía como elemento fundamental en revistas y periódicos. Además, el nacimiento de un servicio que las empresas periodísticas más solventes incorporan a las redacciones: las agencias cablegráficas. (Marrero, 1999)

Irrumpe la segunda década de la centuria y la perla de las Antillas se anticipa a sus vecinos de América Latina para ser la primera en establecer la radio en 1922, aunque la inauguración oficial no ocurre hasta un año después por Luis Casas Romero. Luego, a mediados de siglo  se incorpora a los medios ya existentes, uno más completo y aglutinador: la Televisión[1].

Todos estos acontecimientos repercuten considerablemente en la agilidad, actualidad y dinamismo del ejercicio periodístico; sin apartar el espacio cada vez mayor que ocupan la propaganda y la publicidad dentro del sistema de los medios de prensa. Precisamente el desarrollo de este fenómeno, garantiza en extraordinaria medida el sostenimiento y avance indiscutible de tantos periódicos, emisoras y canales de TV en esa época[2].

A la par de ese oportuno desarrollo, la sombra capitalista resguarda sus intereses en cada sector de la nación cubana. Según Ernesto Vera y Elio Constantín en El periodismo y la lucha ideológica, durante los años de la república mediatizada la prensa dominante en Cuba tuvo un carácter netamente imperialista, reaccionario como consecuencia de la situación semicolonial. (Vera y Constantín, 2006)

Ambos autores resumen en El Periodismo y la lucha ideológica, las características de esta prensa del modo siguiente:

  • Fue un medio utilizado para negar y ocultar las mejores tradiciones de las luchas independentistas de nuestro pueblo.
  • Fue un permanente difamador de la ideología de la clase obrera, el marxismo-leninismo, y su más firme exponente: la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) primero y, posteriormente,  también los demás estados socialistas.
  • Apoyada en falsos valores, trató de sembrar en la conciencia de nuestro pueblo la frustración, el conformismo, el fatalismo geográfico y político y, muy especialmente, el anticomunismo. ( Vera y Constantín, 2006: 20 y 21)

Resulta preciso añadir que durante los años de la Segunda Guerra Mundial la campaña antifascista que se llevaba mundialmente también tuvo ecos en Cuba. Durante ese período gubernamental Fulgencio Batista —el hombre fuerte de Cuba—  “que era muy hábil, muy sagaz en la politiquería, le dio apoyo a los periodistas para fundar el Primer Colegio de Periodistas de América Latina (1943) y para hacer antes el Primer Congreso de Periodistas cubanos en el año 1941”.

De esta manera, la prensa dominante se imbricaba a los intereses del régimen con todo el apoyo propiciado por Batista y las subvenciones del gobierno. Sin embargo, como expresión del auge de las luchas revolucionarias “se dan determinadas condiciones[3] que permiten la circulación legal de alguna prensa revolucionaria”. (Vera y Constantín, 2006: 16)

Añaden además Ernesto Vera y Elio Constantín,  que algunos años después la agudización de la campaña anticomunista patrocinada por Estados Unidos contra el campo socialista obstaculiza esta “apertura informativa”.

Durante el período de los gobiernos auténticos y principalmente en el que correspondió a Carlos Prío [4] la embestida contra las ideas revolucionarias, principalmente las marxistas y leninistas alcanzó niveles sangrientos. Prío optaba por mantenerse indiferente ante los severas críticas que denunciaban sus fechorías, presumimos que debido a su conformidad con una buena suma de billetes al retirarse del gabinete presidencial.

Con el golpe de estado de Fulgencio Batista el 10 de marzo de 1952, bien distinta sería la situación del periodismo. No obstante, podemos resumir que la seudorrepública resultó fecunda en publicaciones de todo tipo. El periodismo militante pudo desenvolverse en la legalidad y semilegalidad salvo en regímenes dictatoriales como los de Gerardo Machado y el ya mencionado Fulgenio Batista.

Hemos hecho referencia a dos tendencias dentro de la prensa cubana antes del triunfo revolucionario de 1959; una dada por el servilismo a los intereses del régimen (prensa dominante) y otra que repudia la injusticia y abraza las transformaciones políticas profundas.

Dentro de la primera no podemos dejar de mencionar a las grandes empresas  periodísticas de Cuba: Diario de la Marina (1844), El Mundo (1901) y El País (1941).

Diario de la Marina, durante los años de gobierno auténtico no denunció los robos ni el gangsterismo aunque sí aprobó la práctica del divisionismo en la clase obrera y la imposición del mujalismo. Tampoco lo hizo el diario nacido en los albores del siglo. “Sus intereses «serios» estuvieron muy por encima del pueblo. Pero se las arreglaba para mantener una aparente equidistancia entre el poder y sus adversarios” (Vera y Constantín, 2006: 72)

A diferencia de los ya aludidos, El País representaba a todas luces los propósitos del liberalismo. Pero no rechazó a los candidatos del autenticismo y mucho menos condenó los manejos corruptos de los supuestos adversarios. (Vera y Constantín, 2006)

Pueden incluirse también en esta tendencia reaccionaria a otros periódicos cuya política dependía de los intereses del gobierno de turno. Pero consideramos que no pueden faltar en este recuento algunos como Alerta (1936), Avance y El Crisol, que son considerados “hijos” de los grandes diarios mencionados anteriormente.

Contrarios a estos periódicos subordinados a la burguesía nacional surgieron otros preocupados por la defensa de los intereses del proletariado y de los sectores más humildes del pueblo. Justicia[5], Bandera Roja[6], La Palabra y Línea, fueron antecedentes sobresalientes de la publicación Noticias de Hoy (1938) y que desempeñó un extraordinario papel como servidor de la causa antiimperialista del pueblo cubano, de la lucha contra la explotación, por el socialismo y la paz” (Marrero, 1999: 50) 

La década del 30 devino momento propicio para la circulación de la prensa comunista y revolucionaria. Incluimos además en esta secuencia de voceros de las ideas justas a El centinela,[7]  Mella[8], La Palabra, la revista Masas y Mediodía. A diferencia de la corta duración de estas publicaciones, Noticias de Hoy disfrutó de una existencia legal en etapas semidemocráticas. Sufrió después el asalto, la persecución y la censura hasta ser clausurado definitivamente a raíz del asalto al Cuartel Moncada en julio de 1953.

El período posterior al cuartelazo del 10 de marzo de 1952, suscitó la concurrencia de una prensa llamada por Vera como “prensa masiva”, al referirse a la nacida en la clandestinidad y que figura como clave dentro de los momentos de la historia del periodismo progresista en cuba antes del triunfo de la Revolución. No adentraremos nuestro análisis en esta etapa pues no se circunscribe al marco de nuestra investigación y sí la consideraremos para futuras investigaciones.

 



[1] Sobre estos detalles del surgimiento de la radio y de la televisión  supimos a través de la entrevista realizada a Ernesto Vera  y en Dos siglos de periodismo en Cuba.

[2] Cuando mencionamos esa época, nos referimos a los años vividos en la Cuba Neocolonial, de 1902 a 1958 donde los gobiernos de turno garantizaban los intereses imperialistas de los EE.UU. en la Isla de Cuba.

[3] Estas condiciones están matizadas por el auge del movimiento revolucionario mundial y la lucha contra el nazi fascismo.

[4] Ver Capítulo II “Historiando a un auténtico”

[5] Según Ernesto Vera y Elio Constantín, en 1924 fue fundado el primer periódico marxista-leninista, bajo el rótulo Lucha de clases, denominado luego Justicia.

[6] Ambos autores añaden que como antecedente de Bandera Roja surgió El Trabajador (1931), órgano del primer partido marxista-leninista.

[7] El Centinela (1934) se editaba específicamente para las células comunistas del ejército y la marina de guerra.

[8] Este periódico revolucionario era dirigido por Defensa Obrera Internacional(DOI), filial cubana del Socorro Rojo Internacional.

El periodista que habita en Fidel

El periodista que habita en Fidel

 

“Me gusta mucho el oficio de verdad…, ténganme por uno de ustedes.”, expresó el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz en el VII Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) al dirigirse a los profesionales de la prensa [Castro, citado en Elizalde, 1999:1]

Aptitud y talento bastan para no escatimar en disquisiciones sobre la autenticidad de la trayectoria de Fidel dentro del periodismo antes y después del triunfo revolucionario cubano en enero de 1959. Todo lo expuesto en epígrafes anteriores respalda las palabras del Presidente en tan provechoso encuentro con los periodistas. La historia es testigo.

Según Ernesto Vera en su artículo Fidel ante la guerra de la mentira, la prensa clandestina y otros órganos de prensa comercial, tanto escrita como radial, conocen de los reportajes, comentarios y artículos de Fidel en la etapa prerrevolucionaria.

Alerta fue uno de los primeros medios en los que Fidel halló el vínculo necesario para hacer públicas sus expresiones, pero más tarde la práctica fue consolidándose. Aunque no era graduado de periodista, habitaban en él las condiciones de un profesional de este campo.

La actividad periodística, entre otros aportes, le permitió como egresado de la universidad, poner al descubierto los grandes problemas que se debatían en su tiempo, las contradicciones políticas, los desajustes económicos y sociales de la época.

Para el joven recién graduado de Derecho nada era obvio ni existían detalles menores, ninguna verdad la aceptaba de antemano. Sobre las innumerables características que lo definen como profesional y como persona, han escrito distinguidas personalidades [1]del entorno mundial.

En Un grano de maíz, Fidel cuestiona que la historia sea escrita con absoluta objetividad, a la vez que enjuicia la visión de quienes han juzgado el proceso histórico cubano y emite su propia valoración; capacidad de arribar a conclusiones según sus cualidades y forma de analizar.  En esa ocasión Tomás Borge describe al líder de la revolución cubana  como un hombre “hiperquinético” por el constante apego y preocupación por los problemas mundiales, y  la sed insaciable por conocer cada día más de todo cuanto ocurre en el mundo. Aspecto este fundamental relacionado con el pensamiento martiano que insiste en que el periodista debe conocer desde la nube hasta el microbio.

Gianni Miná en Un encuentro con Fidel, también resalta la curiosidad e intelectualidad del Jefe de Estado cubano como aspectos dignos de reconocimiento; mientras que Frei Betto indaga sobre las iniciativas propias de Fidel respecto a las investigaciones del asunto referente a las tierras ilegales adquiridas por Prío y otros hechos corruptos. Destaca el presidente cubano en esa conversación con Betto, que siempre consideró al periódico, a la prensa, dentro de su estrategia organizativa respecto al movimiento 26 de Julio, “ primero trato de crear un pequeño periódico tirado en mimeógrafo, y algunas estaciones de radio clandestinas” [Castro citado en Betto, 1985: 170-171]

Como abogado y como político, conocía Fidel Castro el papel que jugaba la prensa dentro del sistema socio-político imperante, no sólo por sus apreciaciones respecto al fenómeno sino por su propia experiencia dentro del medio. Hoy, con una visión mucho más experimentada, también aprecia el impacto de lo que muchos teóricos llaman: el cuarto poder.

El prestigioso intelectual francés Ignacio Ramonet, director de Le Monde Diplomatic, reconoce en Fidel otras cualidades y coincide en algunas, con las mencionadas anteriormente.

Descubre Ramonet en sus conversaciones, a un hombre de ideas sólidas y con una extraordinaria visión mundial, astuto, curioso, de un torrente de palabras sencillas pero impactantes, toda una avalancha verbal. 

Un aspecto de relevancia y que muchos biógrafos han subrayado en Fidel, al decir del mencionado Ramonet, consiste en el sentido de la estrategia, su capacidad para valorar una situación concreta y  la rapidez de análisis acompañada de una vasta experiencia. Coincide con Gabriel García Márquez el autor de Cien horas con Fidel, en que  es el líder de la revolución cubana un antidogmático por antonomasia, 

Cualidades indispensables de los periodistas son la capacidad de previsión de los sucesos futuros, el olfato siempre alerta, una observación perenne sobre todo lo que sucede a su alrededor. García Márquez destaca “esa facultad de vislumbrar la evolución de un hecho hasta sus consecuencias remotas...pero esa facultad no la ejerce por iluminación, sino como resultado de un raciocinio arduo y tenaz” [Márquez, 2006]

Sólo con valorar las descripciones que sobre una de las personalidades más famosas de la historia se han escrito, descubrimos a un verdadero periodista. El Novel de Literatura en su artículo El Fidel castro que yo conozco, admira en él “su devoción por la palabra. Su poder de seducción. Va a buscar los problemas donde estén. Los ímpetus de la inspiración son propios de su estilo” [Márquez, 2006]

Percibe en Fidel el novelista colombiano, sus dotes para escribir bien porque le gusta hacerlo, y la presencia de una información vasta y variada que le permite moverse con facilidad en cualquier medio. Expresa también que el mayor estímulo de su vida es la emoción al riesgo, aspecto fundamental en un periodista y más aún en un periodista investigador.

Quines estudian y distinguen en Fidel Castro a un ser inigualable, saben que para él las respuestas tienen que ser exactas, pues es capaz de descubrir la mínima contradicción de una frase casual. Para ello se nutre habitualmente de los libros sobre cualquier tema, ya sean económicos o históricos. En ese aspecto podemos calificarlo como un lector voraz.

Pero como todo buen periodista debe dominar el arte de preguntar, Fidel Castro es todo un experto en ese sentido. Según lo describe García Márquez su táctica maestra es preguntar sobre cosas que sabe, para confirmar sus datos, tiene la costumbre de los interrogatorios rápidos a varias personas, para corroborar cada detalle porque las verdades que se le ocultan para encubrir deficiencias son su especialidad.

Como es propio también en el periodismo, el estilo individual resulta fundamental en cada profesional que ejerce dentro de este campo. Durante la celebración del VII Congreso de la UPEC Fidel Castro platicó con los periodistas a cerca de sus valoraciones sobre ciertas cuestiones estilísticas, “a mi me gusta también añadir algunas frases (en mis trabajos); me gusta que tengan un poquito de elegancia, incluso un poquito de cadencia” [Castro, citado en Elizalde, 1999, Ténganme…pp1]

Añade en esa ocasión, que a veces se le crea un conflicto con una frase porque quiere inventar o violar alguna regla de la Gramática pero recalca en un detalle que también García Márquez destaca en él y es el no descuidar jamás la precisión, consciente de que una sola palabra mal usada, puede causar estragos irreparables.

Así, tal y como lo demuestra en sus publicaciones y discursos, Fidel enfatiza, repite deliberadamente porque considera necesario dar “dos disparos en vez de uno”. Su especialidad es un poco la del ajedrecista: “combinar esto con lo otro, empezar por aquí y terminar por acá, para lograr el efecto”, de modo que llegue el mensaje. [Castro, citado en Elizalde, 1999, Ténganme…pp1]

En ese rejuego entre emisor y receptor defiende el principio de comunicar la idea por encima de cualquier regla gramatical, porque define el lenguaje como algo vivo, que no puede ser sometido siempre a materias rígidas. No significa, por supuesto esta afirmación que exista un desconocimiento de la Gramática. Entro los múltiples libros leídos por Fidel en prisión estuvo la Gramática Latina.

Constituyó, el VII Congreso de la UPEC, una oportunidad única de tallerear y compartir experiencias personales —incluidas las de Fidel— dentro del acontecer periodístico. Muchos de los allí presentes ofrecieron luego sus valoraciones al respecto. Arleen Rodríguez, panelista de la Mesa Redonda, expresó su deseo de alcanzar “la altura de ese colega excepcional que es a la vez la fuente más abierta y clara” [Rodríguez, citado en Elizalde, 1999, Entramos…pp. 4]

También lo llamaron “colega” Hugo Ríus, de Prensa Latina; Juana Carrasco, de la UPEC; y Guillermo Cabrera Álvarez, Director del Instituto Internacional de Periodismo José Martí, entre otros. Pedro Martínez Pírez de Radio Habana Cuba, enfatizó y agradeció la presencia en el Congreso de Fidel “quien respeta el oficio porque como José Martí lo ha ejercido y practica” [Pírez, citado en Elizalde, 1999, Entramos…pp. 4]

Estas expresiones de distintos y prestigiosos periodistas muestran la capacidad de una figura cumbre en la historia de la humanidad para expresarse a través de esa tribuna tan importante que es el periodismo, con un estilo muy suyo, propio de su carácter, de sus pensamientos y de su proceder, porque parafraseando al francés Buffou, “el estilo es el hombre”.



[1] Entre otras personalidades podemos citar a Gabriel García Márquez, Frei Betto, Tomás Borges e Ignacio Ramonet, Gianni Miná, entre otros.

 

Manuel Sanguily en la saga de la palabra I

Manuel Sanguily en la saga de la palabra I

Por: Sandra Cristina

Sanguily vs La Enmienda Platt

El largo período colonial y la presión y presencia de Estados Unidos condicionó un proceso de formación nacional para el cual trabajaron los intelectuales cubanos a favor de una nación en distintas etapas y no sólo en los años inmediatos postbélicos, como resistencia y programa. La nación se ideó de acuerdo a planteamientos políticos diferentes y enfrentados -independencia, autonomía y anexión- y a partir de determinadas concepciones y cánones culturales y sociales

A pesar de su trayectoria política opositora a la anexión norteamericana llegó a Senador de la República, presidiendo el Senado de la nueva nación mediatizada. Luego en 1910 obtuvo la condición de Secretario de Estado donde mantuvo su actitud antiimperialista en defensa de los ideales por los que durante las Guerras de Independencia

Su trayectoria positivista, manifestó el espíritu sistemático del hombre marcado por una nación, dándole nombre a una variada obra de ensayos, conferencias, discursos. Ante su condición de cubano a las puertas de una guerra de liberación Saguily dijo: “El hombre, en cuanto ser vivo, es como la montaña o el bosque, un producto natural, y por lo mismo nadie se siente contrariado porque haya seres imperfectos, o monstruosos, ni los aplaude o vitupera a titulo de tales, como tampoco porque entre las arenas del Mediterráneo haya ‘vestigios de detritus’”[1]

En varios de sus discursos Manuel Sanguily señalaría el peligro que representaba para Cuba la dependencia económica de tan poderoso país, lo cual finalmente conduciría al dominio político.

La intervención norteamericana y el surgimiento de la república neocolonial en 1902, constituyeron un contradictorio hito de ese ascenso fatigoso del pueblo cubano hacia sus ancestrales ansias de justicia.

La Constitución de 1901 es una lamentable obra política y también jurídica. Y lo fue no solo por estar signada por el apéndice oprobioso de la Enmienda Platt. Fue una lamentable Constitución por su contenido y hasta por su estructura artificial y ajena a las particularidades cubanas.

Desde que se oficializó la república neocolonial, sus discursos dejaron de prevenir la dominación y se concentraron en atacarla abiertamente. Así lo verifican sus intervenciones ante el Senado en marzo de 1903, en contra del Tratado de Reciprocidad Comercial y la venta de tierras a extranjeros.

Manuel Sanguily, adalid, junto a Juan Gualberto Gómez, contra la Enmienda Platt, dijo en la Constituyente: «Tengo para mí que la Convención en este momento tiene un parecido con el Jano antiguo, pues que una faz suya se me aparece vuelta al pueblo de Cuba, mientras creo ver que tiene otra que mira al poder interventor», y seguía diciendo que estaba claro que incluso los que trataban de conciliar con ese poder interventor lo hacían por prudencia, convencidos de que sin él la independencia no sería concedida.

Sus antecedentes literarios, toman en esta etapa una dimensión mayor, sus ideas refuerzan la palabra de aquellos años cuando publicaba en de Hojas Literias -“La historia no se comprende sin las fuerzas psíquicas, sin las fuerzas físicas, sin las fuerzas morales. La historia es un producto. Y lo mismo la sociedad, el hombre, las ideas, la palabra y el libro. Una oda, un epigrama, un libro sobre cualquier materia son hechos que tienen sus condiciones propias y sus naturales dependencias. Serían incomprensibles sin el conocimiento del autor; y el espíritu del autor no se explica sin el conocimiento de su familia y raza, sin la biografía, la herencia, la constitución personal; pero el autor, que vino al mundo con ciertas predisposiciones intelectuales y fisiológicas, recibe desde la cuna constantes y variadísimas influencias, de la casa, de los amigos, de las opiniones y caracteres de aquella y estos, de la situación pública, directamente o por interemediarios, y luego del colegio, de sus maestros y compañeros, de los libros, de las doctrinas y creencias, que en ellos corren o que le envuelven doquier, dejando retazos, filamentos perdidos que caen en su espíritu y van tejiendo su centón barroco; por lo que cada individuo se compone mentalmente de los mismos elementos suspendidos en el ambiente común, que se convienen y conforman diversamente, como los infinitos y diferentes corpúsculos y fragmentos de cada vuelta del kaleidoscopio. Cuanto haga un autor, libro, empresa, cuadro, sinfonía, será, pues, el producto de múltiples factores”[2].

Para Manuel Sanguily, la recepción de este universo de ideas y las posiciones del liberalismo heredero de la intelectualidad cubana del s XIX mostraba libremente la contradicción que generaba la inexistencia del estado-nacional hasta 1902, las deformaciones estructurales, la consolidación de la dependencia de los distintos sectores de la burguesía.

El espíritu patriótico no decayó pese a que los propios artífices de la injerencia y sus aliados en Cuba desplegaron campañas en favor de la supuesta "ayuda generosa" que Estados Unidos daba a la isla caribeña.

El sentir de los adversarios el Tratado de Reciprocidad comercial fue expresado en el Senado de Cuba por el Coronel Manuel Sanguily, cuyo segundo discurso mereció que su antagonista en el debate, Antonio Sánchez de Bustamante, calificara como “la oración de forma más hermosa y de fondo mas sentido que he escuchado jamás.”[3]

Pero contradictoriamente para muchos historiadores durante la discusión de Enmienda Platt como un apéndice a la constitución cubana, Manuel Sanguily fue de los que opinó que, tácticamente, lo más adecuado era aceptarla, pues lo importante era proceder a la evacuación de las tropas estadounidenses y dar paso a alguna forma de auto gobierno que nos permitiera reasumir nuestra soberanía. Sanguily estimaba que en el terreno económico se podría dar una batalla decisiva por lograr un grado mayor de independencia, y, por esto, asumió un rol protagónico en los debates sobre relaciones internacionales desarrollados dentro y fuera del senado cubano.

A pesar del coqueteo de Sanguily con algunos aspectos de la Enmienda Platt y El tratado de reciprocidad, su posición quedó sentada en La Carta a los estudiantes de Kansas donde decía que “mi respuesta a la consulta de Uds tiene que ser, anticipando su resumen, la negativa rotunda de un ratón a quien un grupo de gatos le preguntara si debían los gatos devorarlos a él y a su grupo de ratones…” y mas adelante dice: “las naciones no se juzgan tampoco por la masa que de sus individuos; sino por la porción de ellos que dirigen y representan genuina y legítimamente su país…[4]”

Este optimismo también resultaba alentador en aquellas condiciones, porque iba unido a la confianza en la futura independencia y en el desarrollo próspero del país. Comparados estos criterios con el pesimismo y la desconfianza, que por aquella época y aún en la actualidad pregonan los irracionalistas y fideístas en sus diversas variantes, el saldo también resulta a favor del positivismo.

La mayoría de los seguidores del positivismo en Cuba no se definieron explícitamente ante el problema que siempre de un modo u otro es fundamental a toda filosofía: la cuestión de la relación entre el ser y el pensar, así como la posibilidad de conocer o no el mundo.

Por último, a un patriota nacionalista como Sanguily no se le escapaba que en el equilibrio comercial con el mundo y en los beneficios de la libre competencia, podría apoyarse la mayor de las Antillas para ejercer su soberanía. A esos efectos era necesario conservar los vínculos con Europa.

Sin embargo, estos elementos agnósticos e idealistas subjetivos no constituyeron un obstáculo insalvable, porque todos ellos demostraron una confianza extraordinaria en las posibilidades de las ciencias, en el incremento de los potenciales humanos con el aumento de la cultura.

Esta es la razón por la cual es frecuente en la mayoría de ellos el relativismo, el convencionalismo y los elementos de agnosticismo. Este último se puso de manifiesto en Manuel Sanguily cuando consideraba que “el hombre no puede descorrer nunca por completo el velo de las cosas”.

“Por eso impugno el Tratado porque contribuye a nuestra debilidad y facilita nuestro desastre, desalojando el comercio europeo, y, con el comercio, los intereses europeos, el interés de Europa en la conservación de la República [...]
Excluida Europa, se rompería el equilibrio; desaparecería una fuerza moral considerable que pudiera mantenerlo indefinidamente, quedarían los cubanos, más o menos debilitados y empobrecidos, enfrente del dinero y el poderío de los americanos.”[5]

Aun en el último artículo que publicara, meses antes de su muerte, Sanguily daba constancia de su afán sin tregua por iluminar el juicio de los cubanos ante la realidad de la mediatización, y de su fe en la palabra como haz esclarecedor.